Is God Is Review – la venganza es un plato que hay que comer atrevidamente | Teatro de la Corte Real

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INo es frecuente que una obra consiga parecerse tanto a una película de Tarantino como a una tragedia griega. Y no es frecuente en estos días que el teatro logra impactar. Pero el descarado drama de Aleshea Harris llega de los Estados Unidos con su propio sentido de exageración – «matar» es el término utilizado – y dejará a pocas personas indiferentes, de una forma u otra.

Dirigida por Ola Ince (cuya reciente producción violenta de Romeo y Julieta viene con una advertencia de gatillo), tiene un alto número de muertos y un decorado, diseñado por Chloe Lamford, que se ilumina con grandes llamas lamiendo.

Una mujer, conocida como Elle (Cecilia Noble), ha sido dejada por muerta por su esposo, Man (Mark Monero), luego de que él le prendiera fuego hace 18 años. Ahora convoca a sus hijas gemelas y les pide un juramento de venganza: «Haz morir a tu padre … Hazlo realmente muerto … completamente muerto».

Así comienza el derramamiento de sangre cuando Racine (Tamara Lawrance) y Anaia (Adelayo Adedayo) siguen la palabra de la mujer a la que llaman «Dios» y vigilan a su padre. Noble es una matriarca formidable y agraviada, tan monstruosa como Medusa y con excelentes toques de comedia, mientras que Lawrance y Adedayo se mezclan con los gemelos cuya violencia de ojos muertos – y comedia irónica – evocan alternativamente la furia. Vengar a Uma Thurman de Kill Bill y los amistosos sicarios de Pulp Fiction.

Su viaje se convierte en su propio western posmoderno, altamente estilizado y conscientemente usando técnicas cinematográficas (títulos de capítulos, escenas en cámara lenta) junto con teatralidad consciente (los personajes cuentan sus propias historias y manipulan el escenario para mostrar la mecánica).

No pierde la oportunidad de enviar tropos familiares o, de manera molesta, para recordarnos su habilidad. Tampoco todas las escenas violentas o cómicas funcionan. Pero estas irritaciones se compensan con su historia consistentemente nítida, entretenida y escandalosa.

Imperdonable… Adelayo Adedayo y Tamara Lawrance van en busca de su padre.
Imperdonable… Adelayo Adedayo y Tamara Lawrance van en busca de su padre. Fotografía: Tristram Kenton / The Guardian

La violencia puede parecer gratuita para algunos, pero también es una función de la moral del Antiguo Testamento de la obra: combatir fuego con fuego, la única diferencia aquí es que son dos mujeres negras jóvenes que hacen justicia. Y aunque es gráfico, nunca es caricaturesco, con viejos ecos de la venganza eurípida ejercida sobre y por la familia. Como dice un gemelo: “Venimos de un hombre que quiere matar a nuestra madre y de una madre que quiere que matemos a este hombre.

Dos familias afroamericanas componen su elenco: una pobre, con una madre ausente y enferma y una serie de padres adoptivos sin amor, la otra burguesa e inepta pero con otro progenitor que sufre durante mucho tiempo (Vivienne Acheampong, quien juega a una madre al fútbol con excelente angustia cómica).

Y a pesar de toda su venalidad y absurdo, dos escenas aterradoras nos llevan a la gravísima crueldad que hay en su corazón. La primera ocurre mientras Ella narra, una tras otra, su sufrimiento a manos del Hombre, contado mientras yace cubierta de quemaduras («Un cuerpo como de caimán por lo que hizo»). Es el momento de mayor violencia en la obra, más terrible quedarse fuera del escenario. El segundo es cuando los gemelos finalmente se encuentran cara a cara con su padre y encuentran a Man impenitente, el mismo hombre de hace 18 años que prendió fuego a su madre. «Yo era joven», dijo, dejando a un lado la culpa y privando a sus hijas, y al cuarto, de toda catarsis. Así que la violencia masculina choca con la venganza femenina y esta ingeniosa pieza posmoderna resulta ser vieja en su tragedia.

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